sábado, 14 de julio de 2007

Sabiduría Oriental

El Maestro Sufi contaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre entendían el sentido de la misma.

¡Maestro! – lo encaro uno de ellos una tarde – Tu nos cuentas los cuentos pero no nos explicas su significado.
  • Pido perdón por eso. – se disculpo el maestro – Permíteme que en señal de reparación te convide con un rico durazno.
  • ¡Gracias maestro! – respondió halagado el discípulo.
  • Quisiera, para agasajarte, pelarte tu durazno yo mismo; ¿me permites?
  • Si, muchas gracias.
  • ¿Te gustaría que, ya que tengo en mi mano el cuchillo, te lo corte en trozos para que te sea más cómodo?
  • ¡Me encantaría!, pero no quisiera abusar de tu hospitalidad, maestro.
  • No es un abuso si yo te lo ofrezco, solo deseo complacerte.

Después de cortarlo en pedazos, el maestro continuó:
  • Permíteme también que te lo mastique antes de dártelo.
  • ¡No maestro!, no me gustaría que hicieras eso. – se quejo sorprendido el discípulo.

El maestro hizo una pausa y dijo:

Si yo les explicara el sentido de cada cuento… seria como darles a comer una fruta masticada.