El Maestro Sufi contaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre entendían el sentido de la misma.
*¡Maestro! – lo encaro uno de ellos una tarde – Tu nos cuentas los cuentos pero no nos explicas su significado.
*Pido perdón por eso. – se disculpo el maestro – Permíteme que en señal de reparación te convide con un rico durazno.
*¡Gracias maestro! – respondió halagado el discípulo.
*Quisiera, para agasajarte, pelarte tu durazno yo mismo; ¿me permites?
*Si, muchas gracias.
*¿Te gustaría que, ya que tengo en mi mano el cuchillo, te lo corte en trozos para que te sea más cómodo?
*¡Me encantaría!, pero no quisiera abusar de tu hospitalidad, maestro.
*No es un abuso si yo te lo ofrezco, solo deseo complacerte.
Después de cortarlo en pedazos, el maestro continuó:
*Permíteme también que te lo mastique antes de dártelo.
*¡No maestro!, no me gustaría que hicieras eso. – se quejo sorprendido el discípulo.
El maestro hizo una pausa y dijo:
Si yo les explicara el sentido de cada cuento… seria como darles a comer una fruta masticada.
sábado 14 de julio de 2007
Sabiduría Oriental
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada